La comunicación frente a la IA: el valor de seguir siendo humanos
VIVIAN SILVA

Cuando comencé a estudiar Comunicación Social, a finales de los años noventa y comienzos del 2000, difícilmente habría podido imaginar la dimensión de la transformación tecnológica que apenas empezábamos a vivir. Como parte de la generación millennial, me ha correspondido presenciar casi paso a paso el tránsito desde una comunicación mucho más tradicional hacia internet, las redes sociales, la conectividad permanente y, finalmente, la inteligencia artificial. En poco más de dos décadas cambió la manera de informarnos, trabajar, estudiar, relacionarnos y hasta de expresar emociones. Y, después de haber dedicado mi ejercicio profesional a la comunicación, hoy me hago una pregunta que parece sencilla: ¿tener más herramientas para comunicarnos significa realmente que nos estamos comunicando mejor?
Para mí, comunicar nunca ha sido solamente transmitir información. Comunicar es escuchar, interpretar, comprender el contexto, reconocer al otro y ser capaz de expresar una idea, una preocupación o un sentimiento. Por eso me inquieta una contradicción de nuestro tiempo: estamos permanentemente conectados, pero no siempre estamos realmente comunicados. Escribimos más, reaccionamos más y producimos más contenidos, pero muchas veces nos cuesta sostener una conversación incómoda, expresar lo que sentimos o escuchar una opinión distinta sin cerrar inmediatamente el diálogo.
Antes de la pandemia ya había comenzado a acercarme a temas tecnológicos que entonces parecían pertenecer a un mundo especializado: ciudades inteligentes, telemedicina, conectividad 4G y nuevas formas de trabajo. Ese acercamiento me hizo entender que la tecnología no era un asunto exclusivo de ingenieros; estaba modificando la vida cotidiana y, por tanto, también la comunicación. Luego llegó la pandemia y vivimos una época inédita. Trabajamos, estudiamos, consultamos al médico, celebramos y mantuvimos relaciones familiares y profesionales a través de una pantalla, la tecnología permitió sostener vínculos cuando físicamente estábamos separados, pero también hizo más evidente que conexión y comunicación no son sinónimos.
Hoy, en la era de la inteligencia artificial, vuelvo a hacerme preguntas parecidas. ¿Estamos fortaleciendo nuestras capacidades o delegándolas? ¿Seguimos construyendo criterio propio? ¿Nos detenemos a contrastar y pensar antes de aceptar una respuesta? Un estudio con 319 trabajadores del conocimiento y 936 experiencias reales de uso de IA generativa encontró que una mayor confianza en la IA se asociaba con una menor aplicación de pensamiento crítico, mientras que la confianza en las propias capacidades se relacionaba con un mayor esfuerzo crítico. Los autores también señalan que la IA desplaza parte del pensamiento hacia tareas de verificación, integración y supervisión de la información (Lee et al., 2025). La discusión, entonces, no debería ser si usamos o no la IA, sino cómo evitar que la eficiencia termine sustituyendo nuestro propio juicio.
Esta reflexión cobra todavía más importancia cuando pienso en las generaciones Z y Alfa, no me interesa caer en la idea fácil de que los jóvenes “ya no saben comunicarse”, cada generación se relaciona con las herramientas de su tiempo. Sin embargo, sí creo que debemos preguntarnos qué ocurre cuando gran parte de la interacción cotidiana sucede detrás de una pantalla. ¿Estamos enseñando a conversar cara a cara, a escuchar, a expresar desacuerdo, a pedir ayuda, a reconocer un error o a explicar un sentimiento? UNESCO ha insistido en que la integración de la IA generativa debe mantener un enfoque centrado en el ser humano y fortalecer la capacidad de actuación de las personas, especialmente en los procesos educativos (Miao & Holmes, 2023).

La OCDE, además, sigue señalando que habilidades sociales y emocionales como la comunicación, la empatía y el trabajo en equipo continúan siendo esenciales en numerosos empleos, incluso en contextos crecientemente mediados por IA (OECD, 2026).
En comunicación siempre hemos hablado del “ruido”: aquello que interfiere entre el mensaje y quien lo recibe (Shannon & Weaver, 1949). Hoy ese ruido tiene nuevas formas: notificaciones permanentes, chats simultáneos, videos cortos, sobreinformación, desinformación y una presión constante por responder de inmediato. El reto ya no es únicamente hacer que un mensaje llegue. es lograr que alguien lo escuche, lo comprenda, lo cuestione y encuentre sentido en él. Tener más información no significa necesariamente tener más conocimiento; mucho menos significa tener mayor comprensión.
Mi acercamiento a la ciberseguridad y, especialmente, a la ciberresiliencia, ha reforzado esta convicción. Cuando hablamos de ciberseguridad solemos pensar en sistemas, contraseñas, infraestructura, vulnerabilidades o ataques sofisticados, pero una parte importante de las amenazas sigue aprovechando comportamientos humanos. El Data Breach Investigations Report 2026 de Verizon advierte, por ejemplo, del crecimiento de ataques de ingeniería social móviles y conversacionales, mientras subraya que una cultura que facilite comportamientos seguros y planes de respuesta practicados sigue siendo fundamental para enfrentar incidentes (Verizon, 2026). Detrás de un correo, una llamada o un mensaje fraudulento hay también un intento de comunicación: alguien busca generar confianza, urgencia, miedo o curiosidad para lograr una acción.
Y ese acercamiento tampoco ha sido automático ni sencillo. Desde la comunicación he tenido que aprender a incorporar a mi propio lenguaje términos que antes me resultaban lejanos: incidente, amenaza, vulnerabilidad, ataque, phishing, ransomware, brecha de seguridad o continuidad operativa. Al comienzo, muchas de esas palabras parecían pertenecer exclusivamente al ámbito técnico; con el tiempo entendí que mi reto no era solo aprender qué significaban, sino traducirlas sin perder rigor para que otras personas pudieran comprender por qué les afectan. Esa experiencia me ha reafirmado algo esencial: la ciberseguridad también necesita comunicadores capaces de tender puentes entre lo técnico y lo cotidiano. Porque un concepto que no se entiende difícilmente puede convertirse en una conducta, una decisión o una cultura de prevención.
Por eso he llegado a pensar que la comunicación también es una herramienta de ciberseguridad. Una persona que pregunta antes de abrir un enlace sospechoso está comunicando, un trabajador que reconoce rápidamente un error está comunicando, un equipo que puede advertir una situación extraña sin temor a ser señalado está comunicando, y una organización que, durante una crisis, explica con claridad qué ocurrió, qué debe hacerse y cómo actuar está construyendo resiliencia. No puede existir verdadera ciberresiliencia sin resiliencia humana y comunicacional.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a encontrar las palabras, organizar ideas, investigar, resumir o preparar una conversación difícil, pero hay algo que no deberíamos delegar. Puede redactar un mensaje de condolencias, pero no conoce nuestra pérdida; puede preparar una disculpa, pero no siente arrepentimiento; puede construir un discurso, pero no ha vivido nuestra historia; puede sugerir cómo hablar con alguien, pero somos nosotros quienes tendremos que sostener esa conversación.
Lo humano sigue estando en la experiencia, la memoria, los afectos, la vulnerabilidad, el criterio y la responsabilidad que hay detrás de cada palabra.
Después de haber presenciado este recorrido desde el internet de finales de los noventa hasta la inteligencia artificial actual, paradójicamente siento que la comunicación es más necesaria que nunca, mientras más sofisticadas sean nuestras herramientas, más deberíamos fortalecer la capacidad de escuchar, preguntar, argumentar, expresar emociones y construir confianza.
El gran desafío de nuestra época no será únicamente lograr que las máquinas aprendan a comunicarse como los seres humanos, será evitar que nosotros, rodeados de tanta tecnología, olvidemos cómo comunicarnos entre nosotros.
Referencias
Lee, H.-P., Sarkar, A., Tankelevitch, L., Drosos, I., Rintel, S., Banks, R., & Wilson, N. (2025). The impact of generative AI on critical thinking: Self-reported reductions in cognitive effort and confidence effects from a survey of knowledge workers. Proceedings of the 2025 CHI Conference on Human Factors in Computing Systems, Article 1121, 1–22. https://doi.org/10.1145/3706598.3713778
Miao, F., & Holmes, W. (2023). Guidance for generative AI in education and research. UNESCO. https://www.unesco.org/en/articles/guidance-generative-ai-education-and-research
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2026). AI and skills. OECD Publishing. https://www.oecd.org/en/publications/ai-and-skills_f843b352-en/full-report.html
Shannon, C. E., & Weaver, W. (1949). The mathematical theory of communication. University of Illinois Press.
Verizon. (2026). 2026 Data Breach Investigations Report. Verizon Business. https://www.verizon.com/business/resources/reports/dbir/